Todos tenemos una canción que parece haber sido escrita para nosotros. Una melodía que nos acompañó cuando no sabíamos cómo poner en palabras lo que sentíamos. Una voz que no era la nuestra, pero que dijo justo lo que necesitábamos escuchar. A veces no lo notamos, pero lo que escuchamos también nos está moldeando.
La música no solo es arte: es identidad, es refugio, es una declaración silenciosa de quiénes somos — o de quiénes estamos intentando ser.
La música no solo se escucha: se incorpora
Cuando escuchamos música, no solo activamos el oído: se activan recuerdos, emociones, deseos, imágenes, incluso partes del cuerpo que se mueven casi por reflejo. No es raro: la música afecta el sistema nervioso, regula el estado de ánimo y hasta puede disminuir los niveles de cortisol (la hormona del estrés). Pero más allá de lo fisiológico, la música se convierte en parte de nuestra identidad. Desde muy jóvenes, armamos una especie de playlist emocional. Algunas canciones quedan asociadas a momentos clave: la secundaria, el primer desamor, una pérdida, una noche que no queríamos que terminara. Cada canción marca una versión nuestra.
En la adolescencia esto se intensifica: no solo escuchamos música, sino que nos vestimos como ella, nos relacionamos como ella, sentimos como ella. Por eso, cambiar de gusto musical también puede significar que algo dentro de nosotros cambió. Y no es menor.

Estética, pertenencia y tribus musicales
No elegimos nuestros géneros favoritos por casualidad. Lo que escuchamos dice tanto de nosotros como lo que evitamos. Hay algo en esa estética que nos acoge, que resuena con lo que sentimos pero no sabemos decir.
Simon Frith, sociólogo musical, decía que “no somos simplemente oyentes de música, somos sus protagonistas”. Y es cierto. Los géneros musicales muchas veces funcionan como comunidades simbólicas, donde encontramos pertenencia cuando no la hallamos en otro lado.
Así como antes existían las “tribus urbanas” (emos, punks, metaleros), hoy esa identificación sigue presente en playlists, foros, Discords o perfiles de Spotify. En ese sentido, la música sigue siendo una herramienta de diferenciación, pero también de conexión.

Cuando una canción se convierte en refugio
¿Por qué volvemos a ciertas canciones cuando nos sentimos rotos o vulnerables?… ¿Por qué escuchamos música triste cuando estamos tristes?…
Lejos de hundirnos más, muchas veces eso nos da una sensación de acompañamiento, de validación emocional. Nos sentimos menos solos.
Hay canciones que ya no escuchamos por placer, sino por cuidado. Porque nos sostienen. Porque suenan como un “te entiendo” cuando nadie más lo hace. En ese sentido, la música no solo moldea nuestra identidad: también la sostiene.

¿Entonces qué dice tu banda sonora de ti?…
Quizá no somos conscientes de ello, pero si alguien revisara nuestras canciones más escuchadas en los últimos cinco años, encontraría más información emocional que en cualquier cuestionario psicológico.
La música que elegimos una y otra vez habla. Nos refleja. A veces nos revela.
Y en ese diálogo silencioso entre notas, palabras y recuerdos, seguimos armando —sin darnos cuenta— una banda sonora interna que nos acompaña en esta historia de ser quienes somos.
¿La estás escuchando?

¿Y tú?, ¿qué canción cuenta tu historia sin decir tu nombre?
Cuéntame en los comentarios o comparte tu playlist con el hashtag #MiBandaSonoraInterna








Replica a Ana Paola Cancelar la respuesta