En una sociedad que premia la conformidad y castiga la diferencia, muchas personas neurodivergentes aprenden, desde edades tempranas, a ocultar quiénes son. Este fenómeno, conocido como camuflaje social o masking, consiste en imitar comportamientos considerados “normales” para encajar, evitar rechazo o ser aceptados.

¿Pero… a qué costo?. En este artículo abordamos cómo esta adaptación forzada afecta profundamente la salud mental y por qué desmantelar estas máscaras puede ser un acto radical de autocuidado y liberación.

¿Qué es el camuflaje social?

El camuflaje no es simplemente adaptarse, sino suprimir, minimizar o imitar. Personas con autismo, TDAH, dislexia o síndrome de Tourette, por ejemplo, aprenden a ocultar sus necesidades sensoriales, sus impulsos, su estilo de comunicación o sus movimientos corporales para pasar desapercibidos. A menudo, esto implica un enorme esfuerzo cognitivo y emocional que, con el tiempo, genera desgaste. Este proceso no siempre es consciente.

A veces ocurre por aprendizaje automático: al observar que ciertos comportamientos generan burla, incomodidad o exclusión, la persona aprende a evitarlos o a “actuar” lo que se espera de ella.

¿Por qué es un problema para la salud mental?

Si bien el camuflaje puede facilitar ciertas interacciones sociales o abrir puertas en ambientes laborales o educativos, sus consecuencias emocionales son profundas y, a menudo, invisibles:

  • Agotamiento mental y emocional crónico, por sostener durante horas una actuación constante.
  • Ansiedad y depresión, alimentadas por el miedo a “ser descubiertos” o no ser suficientes.
  • Crisis de identidad, al perder de vista quién se es realmente bajo la máscara.
  • Aislamiento social, ya que el esfuerzo de socializar puede volverse tan extenuante que la persona decide evitarlo.
  • Retrasos diagnósticos, especialmente en mujeres y personas no binarias, que han aprendido a ocultar sus rasgos desde pequeñxs.

Estos efectos no son un “daño colateral” de la neurodivergencia, sino una respuesta al entorno social que no admite la diferencia.

El rol del entorno: entre la presión y el desconocimiento

Muchas personas neurodivergentes no eligen camuflarse por gusto, sino porque sienten que no tienen alternativa. La presión por cumplir con expectativas sociales —mantener contacto visual, hablar “normal”, quedarse quietos, ocultar tics, parecer atentos— se convierte en una especie de vigilancia constante que impide la espontaneidad y refuerza el miedo al rechazo. El desconocimiento o la desinformación en contextos escolares, laborales y familiares solo refuerzan esta dinámica. Cuando no hay espacios seguros para ser, las máscaras se convierten en escudos de supervivencia.

Si queremos promover salud mental en personas neurodivergentes, es urgente repensar nuestra idea de lo “normal” y crear entornos que no exijan camuflaje. Algunas estrategias clave incluyen:

  • Validar la diferencia, no como algo que debe corregirse, sino como una forma válida de estar en el mundo.
  • Crear espacios seguros donde la expresión libre (sensorial, emocional, comunicativa) no sea castigada.
  • Capacitar a profesionales de la salud mental para identificar el masking y evitar interpretaciones erróneas del diagnóstico o del comportamiento.
  • Promover comunidades de apoyo entre pares neurodivergentes, donde las máscaras puedan caer sin temor.
  • Escuchar a quienes viven esta experiencia, integrando su voz en las decisiones clínicas, educativas y sociales.

La importancia de dejar de actuar

Quitar la máscara no siempre es fácil. Puede ser doloroso, confuso o incluso peligroso en ciertos entornos hostiles. Pero acompañar a las personas en este proceso —reconociendo sus tiempos y necesidades— es una forma de cuidar, sostener y sanar. La salud mental no puede construirse sobre la negación de uno mismo.

Por eso, promover bienestar en personas neurodivergentes implica mucho más que intervenciones clínicas: exige una transformación cultural donde cada persona tenga permiso de ser quien es, sin temor, sin vergüenza y sin camuflajes.

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